jueves, 11 de marzo de 2010

Un asunto de Eggs

 

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Antiguamente en muchos países se seguía muy rigurosamente de manera general la norma de no comer carne ni los viernes de vigilia ni tampoco en la Cuaresma. La polémica no se hizo esperar con el huevo, porque no era fácil determinar si el huevo era carne o no. Desde un punto de vista biológico no, pero desde un punto de vista religioso unos decían que la tortilla era como una extensión de la propia gallina, era como carne de su carne y sangre de su sangre, mientras que otros menos filosóficos veían que el huevo, pues eso, que era un huevo y punto.

 

Muchas personas dejaban de comer tortillas o cualquier otro alimento preparado con huevo en estos días por si acaso, pues su conciencia no les dejaba tranquilos e incluso algunos teólogos famosos entraron en la disputa. En el siglo X en un concilio convocado al efecto se determinó que definitivamente era carne y que se había acabado la discusión que sin embargo siguió y siguió y no fue hasta mediados del siglo XVI cuando el Papa Julio III definitivamente zanjó la cuestión dejando claro que la gente se podría hartar a comer huevos cuando le diera la gana porque aquello no era carne, simplemente un huevo, así que a comer tortillas y huevos de Pascua y todo lo que hiciera falta.

 

Pues ya veis, la humanidad amante siempre de complicarse la vida y de mezclar multitud de factores para enredar y complicar los asuntos más sencillos tardó casi 500 años en ponerse de acuerdo en si se podía comer un huevo o no en determinados días.

 

(*)Nota: ¿Y la leche? ¿No es una extensión de la vaca? ¿Nunca se ha planteado hacer un concilio para determinar si la leche es o no es carne?? ¡Qué falta de previsión!

 

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En 1898, catorce años antes de que el Titanic zarpara, el marino estadounidense Morgan Robertson escribió una novela llamada Futilidad, sobre un lujoso barco que se hunde en su viaje inaugural al chocar contra un iceberg en el Atlántico. La nave, era la más grande del mundo, con un casco triple e imposible de hundir. Sus pasajeros eran la crema y nata de la aristocracia y además, no había suficientes botes salvavidas. El nombre de la embarcación era, creedlo, El Titán.

 

En 1912 fue reimpresa bajo el título "El Naufragio del Titán".

 

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La reserva de semen de un carnero es suficiente para 95 eyaculaciones, la de un conejo para 30 y la del hombre para 2 ó 3.

 

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"La noticia de mi muerte ha sido un poco exagerada", dijo el escritor estadounidense Mark Twain, al enterarse de los rumores que corrían sobre él.

 

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"No hay cosa, por fácil que sea, que no la haga difícil la mala gana"

-Juan Luis Vives-

 

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